ENCUENTRO DOMINICAL CON LA PRENSA

 

MONS. LEOPOLDO GONZALEZ GONZALEZ
Obispo de la Diócesis de Tapachula

 

REFLEXION DOMINICAL

 

MES DE LA PATRIA

Este mes es muy especial para los mexicanos. Celebramos el inicio de la lucha armada por la independencia de nuestra Patria. Recordamos con gratitud a muchos de nuestros héroes patrios, que empeñaron su vida en la búsqueda de la libertad y la igualdad, y dieron voz al reclamo de un pueblo sumido en la pobreza y la opresión, largamente padecidas: el Sr. Cura Don Miguel Hidalgo, el Sr. Cura Don José María Morelos, el General Don Miguel Allende, Don Hermenegildo Galeana, Don Mariano Abasolo, Dña. Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora, el Sr. Cura Don Mariano Matamoros, Don Agustín de Iturbide, Don Vicente Guerrero... Nuestra gratitud y admiración a todos ellos y a tantos otros antepasados nuestros que iniciaron esta búsqueda de Independencia, y la continuaron hasta llegar a un punto que permitió el nacimiento y el desarrollo de una nueva nación.

“La gestación y el crecimiento de una nación es un proceso siempre prolongado y nunca totalmente acabado, con luces y sombras que hay que acoger con espíritu generoso y también agradecido hacia quienes contribuyeron a su realización”. Por ello, el recuerdo agradecido fortalece nuestro compromiso por continuar ahora en nuestra Patria la búsqueda de aquellas condiciones que permitan a todas las personas lograr de una manera más fácil y plena, su desarrollo y la realización de su vocación.

Junto a nuestros héroes, recordamos también las batallas que tuvieron que librarse a partir del Grito de Dolores: la batalla de la alhóndiga de Granaditas, la del Monte de las Cruces, la de Zacoalco, la del Monte de las Cruces, la batalla de Aculco, las de Guanajuato, la de Tres Palos en Acapulco, la del Puente de Calderón en Jalisco… Todas ellas fueron enfrentamientos de dolor, sufrimiento y muerte, hasta que por fin hubo un acuerdo de paz que permitió consumar la Independencia y empezar a construir la nación.

Pero quisiera llamar la atención en otros enfrentamientos, también muy violentos, que influyeron mucho en la manera como se dio esta guerra, en el curso que tomó y en su desenlace. Esos otros enfrentamientos fueron verbales. Los podemos mirar en muchos discursos, edictos, cartas pastorales y comunicados de esa época. Primero fue presentar razones en contra de la postura del adversario, pero “bien pronto la diatriba y la descalificación empezó a ganar terreno en la guerra que se libraba en el ámbito de la propaganda”. Algunos realistas llegaron a animalizar, a comparar a los jefes insurgentes con un animal ponzoñoso a quien hay que acabar, o con el mismo satanás. También entre los Insurgentes hubo quienes partían de la afirmación del carácter naturalmente perverso de los gachupines, de su gobierno, de su ejército… para llegar a concluir la necesidad de acabar con ellos. Miren como de la degradación verbal del adversario fácilmente se pasa a la justificación de su exterminio.

El Doctor en historia, Don Marco Antonio Ladavazo - en uno de sus estudios me he basado para presentar el párrafo anterior- luego de presentar la postura realista y la insurgente, en esta batalla verbal, hace tres reflexiones muy valiosas. Las presento de manera muy resumida:

+ Estos discursos eran expresión de la violencia que se vivió en la guerra, “y no solo porque degradaban al enemigo en el ámbito del discurso, sino porque resulta previsible pensar que justificaban a veces y alentaban prácticas de violencia física”.

+ Estos discursos presentaban la guerra como una lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, convirtiendo al adversario en el malo, el odioso, el abominable, hasta el punto que era un imperativo acabar con él.
+ “Estos relatos de la violencia solo sirvieron para generar más violencia”, a un texto denigrante se respondía con otro texto más denigrante; a una muerte cruel, había que responder con otro acto de violencia extrema. No había espacio para la negociación, pues se negaba la misma condición humana del interlocutor y se consideraba que sus intenciones eran completamente perversas.

Ciertamente hubo intentos por encontrar una salida política al conflicto, como los que impulsó Don José Ma. Coss con sus ‘Planes de paz y Guerra’… “Pero todos ellos, hasta antes de los esfuerzos de Iturbide, resultaron infructuosos. Sospecho, escribe este historiador, que algo tuvo que ver en ello la violencia extrema que se vivió en la guerra de Independencia, y, como parte de ella, la estridencia de un discurso que podríamos calificar de terrorismo verbal”.  

La historia nos enseña que “las treguas de la violencia, los momentos de paz, han sido en realidad los que nos han permitido realizar obras culturales duraderas”. La paz nos pide un lenguaje pacífico y pacificador, que propicie la reconciliación y la comunión. Reforzar el tejido social, el entramado que nos une unos a otros, requiere de este lenguaje. En 2010 los obispos mexicanos presentamos en una carta la necesidad de aprender este lenguaje de paz y esa necesidad sigue vigente. ¿Cómo lograrlo?

+ Que nuestras formas ordinarias de expresión, palabras, signos, gestos, no sean belicosas, pues meten miedo, aíslan y hacen difícil la comunicación y el encuentro de las personas.

+ Hagamos conciencia de que la ironía y la dureza de nuestros juicios, la crítica irracional de los demás, la agresividad verbal en la manifestación de inconformidades y en la reivindicación de derechos no son el camino que lleva a la justicia, porque nos confunden en la búsqueda de la verdad y en la aplicación de la justicia.

+ Hemos de promover el diálogo como camino para superar nuestras confrontaciones. Pero hemos de aprender a dialogar desde el hogar y la escuela, y para ello es necesario aprender a escuchar.

El Papa Francisco al comentar la Palabra de Jesús que nos pide reconciliarnos con nuestro adversario mientras vamos por el camino, nos dice: “En este caso reconocemos el valor de la negociación: hemos de decir: ‘no puedo todo, pero quiero hacer todo’; ‘me pongo de acuerdo contigo; al menos no nos insultamos, no declaramos la guerra y vivimos todos en paz’. Pidamos al Señor que nos enseñe a salir de todo tipo de rigidez; que nos haga reconciliarnos entre nosotros; que nos enseñe a llegar a un acuerdo hasta el punto que podamos hacerlo”.

 

 

“ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA VUELTO A LA VIDA, ESTABA PERDIDO Y LO HEMOS ENCONTRADO”

XXIV DOMINGO ORDINARIO (C), 11/IX/2016

Recientemente, el Santo Padre, un miércoles en su Audiencia General en la Plaza de San Pedro nos decía: “Pienso en las mamás y en los padres preocupados cuando ven a sus hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también a quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se ha terminado; a cuantos han realizado elecciones equivocadas y no logran mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen no merecerlo…En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera”

En tres parábolas muy hermosas el Señor Jesús dibujó este amor de Dios nuestro Padre. Leámoslas y dejemos que fortalezcan nuestro corazón y nuestra voluntad.

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de  alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara  y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido”. Yo les aseguro que así  también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”. También les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos: y el menor de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte que me toca de la herencia”. Y él repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas  de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti: ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus  trabajadores”. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos. Cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “padre, he pecado contra el cielo y contra ti: ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus criados: “¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó  a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó  matar él becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo”.  El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y rogó que entrara: pero él replicó: “¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas a matar el becerro gordo”. El padre repuso: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (San Lucas 15, 1-32).

En las tres parábolas Jesús nos dice que Dios sale en busca, va al encuentro de su hijo que se está dañando él mismo y perjudicando a los demás. No le importa que le queden 99 y solo sea uno el que anda perdido, porque para un buen padre ninguno de sus hijos es uno más. Cada uno es su hijo amado y se mira inclinado hacia él con un amor único. Así nos ama Dios y es importante que no lo olvidemos, porque constituye nuestra identidad más profunda, la base firme para resurgir aún en los momentos de mayor oscuridad, y el fundamento del trato fraterno hacia nuestros prójimos: soy hijo muy amado de Dios; cada persona con quien me encuentro es hijo muy amado de Dios.

La actitud del papá con el hijo que regresa tal vez a muchos no nos parezca la más conveniente. Quisiéramos que le echara en cara lo mal que se había portado y le hiciera ver las condiciones para recibirlo de nuevo en casa. Aquel papá expresa la verdad que hay en su corazón: ama a su hijo y se alegra mucho de su regreso. Por ello, corre hacia él, le echa los brazos al cuello y lo besa efusivamente. Esta actitud del papá ayuda a aquel muchacho a recobrar su identidad: es hijo muy amado y es hermano de los demás hijos de su padre. La celebración por su regreso no es un aplauso a lo mal que se portó, sino expresión del amor paterno con que nunca dejó de amársele y reconocimiento y valoración de sus esfuerzos por dejar de hacer el mal.

El regreso del hijo se dio cuando sintió la necesidad de ser salvado. Mientras tuvo la sensación de que para nada necesitaba a su padre, su proyecto de vida estuvo cerrado en él mismo y día con día empeoraba su situación. Una tentación muy generalizada en nuestra época es mirarnos sin necesidad de Dios, cuando en realidad sólo en Él encontramos la razón de nuestro vivir y la base de nuestra dignidad como personas humanas. El Señor nos ofrece su salvación y cada día sale en nuestra busca, pero no lo recibiremos mientras no sintamos la necesidad de ser salvados.

Dice el Santo Padre: “Nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por ello nadie puede quitárnosla, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad”

Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia.